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martes, 17 de febrero de 2026

Mala’ikah p. XI

Arica – Chile                                                                                                                                                              15/02/26

Hondura y llano, tierra interminable, viento que estremece, lejano y leve horizonte, tintes en ocre y copal, luz que tuerce la tarde, oculta vertiente, abrojos y cardos, exhausto viaje, lenta hueste; y lejos, muy lejos, invisible tal vez, la vieja Anatolia se eleva. Hoscos yaks, tejidos y telas, venganzas y traiciones, huidas y venidas, historias que cuajan, tinieblas y vahos que trazan visiones y herejías, tiendas y abrevaderos, aves inquietas y eternas fogatas. Miel en la tosca copa, hiel y ajenjo en la tez velada, túnicas que el viento atrapa, benjuí y lavanda en larga jornada, y un Djinn que cabalga lejos.

Haima que el viento tensa, queda luz, velo tras velo, horizonte inclinado, vasta cobija, hondos aceites, y vahos y tinieblas que tejen excelsas leyendas. Henna húmeda en la larga trenza, toques de cinabrio y jade en la faz oculta, velo que acoge abedul y olíbano, fija obsesión, tatuajes indelebles y una voz que todo calma. Exóticas alfombras y tersos tapices, textos y hojas en otro idioma, inquietos faroles, tul de catarinas y libélulas, vendas entretejidas y canopes vacíos. Mujer, etnia incógnita, linaje olvidado, trashumante eterna, silente evasión, hechicera evidente, extrae de un talego varios huesos y artefactos; y luego levanta un vetusto y ajado libro.

– Eco que transita el interminable y salino llano, fuego que no hiere, luz cansina, tejedor de visiones y travesías, incansable viajero, hombre tras la tormenta, quieta vertiente, viento de lejanas tierras, ven ahora.

Halo torcido, tinieblas que cuajan en el justo instante, viento que teje elevadas visiones, hosca voz tras el velo que todo oculta, y un áspid que todo observa. Hiel en el torvo atisbo, luz que lenta se desliza, cicuta en los colmillos expuestos, infinitos horizontes tras el velo de su atento juicio, evidente en el laxo tiempo, e inmisericorde si la situación lo amerita.

– ¿Qué quieres de mí, Hija de la arcilla y el lodo?

Extenso relato sobre tierras invadidas, huestes quebradas, clanes exhumados, tribus esclavizadas y horizontes quemados. Explica que quiere justicia y no venganza. Nostalgia en su alma y tristeza en su oscura faz. El Djinn, trazo en tinta, voz lenta, luz que ciega, imponente altura, leve fénix, se yergue, lentamente.

– Hallaré las huellas y los huesos de tu linaje, para que descansen en tierra sagrada. Lo juro, Hija del viento quebrado.

Echo que es Djinn, escueta tinta, viento visible, velo que vela, traza en el tosco suelo su eterno e inquebrantable compromiso.

Hondura y llano, tierra interminable, viento que estremece, y 1325 que todavía persiste.

El Tejedor, luz en las tinieblas, evidente y expuesto, invoca a los invisibles que existen en el lejano viento. Djinns inquietos, alwes solidarias y elevados anhelos acuden a su enérgico llamado. Mando y evasión, invocación y evocación, credo y evolución, lid y victoria.

Mala’ikah, insertos y evidentes, trazan idas y venidas, bajo la luz que todo ciega. Explican las verdades que se avecinan. Un Malak atrapado en los territorios de Salta, y una telúrica leyenda que todo quiebra.

Mala’ikah que son Heraldos, y Heraldos que se explican en la vetusta y ajada Belchite. Escenas que reflejan lo que Efesios 6:12, Lucas 10:19 y 1 Enoc 15:8-12 ocultan o tergiversan.

– Es una larga jornada, y un Djinn que lejos cabalga.

Sin más deciros, los H.

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