Sitio señalado para expresar la voz de los Señores Antiguos, cuya sede se encuentra en Arica-Chile.

viernes, 13 de enero de 2017

De Otros Señores p. VIII

Arica – Chile                                                                                                                                                              03/10/12

La verdad se expresa de muchas maneras, que quizá extravíe a aquellos bionautas que surcan un solo sendero.

El sendero se bifurca. No sabe si ir a la izquierda o la derecha. Ha llegado demasiado lejos. Sin embargo, aquella decisión no es un escollo, sino más bien una oportunidad de expresar su más elevado cometido.

Izquierda. Elije el sendero de la izquierda, convencido que es la decisión más justa, que es lo que le ha destinado la vida. Cruza una plazuela atestada de ancianos, absortos en su melancolía. Lejos un niño juguetea con su mascota, y arroja pétalos de margarita al cálido viento.

Cerca de un farol muerto, un joven lee en el periódico las últimas noticias de la semana: el hundimiento de un buque petrolero en el estrecho cercano, la huelga de obreros en una reputada fábrica y los últimos dichos del presidente de turno.

– Nada ha cambiado – cavila el joven.

Enfila con rumbo este. Se dirige a una vetusta residencia que queda en la esquina cercana. Tiene la certeza que es el lugar indicado. Las voces que escucha en noches de desvelo no mienten ni extravían.

Contempla mejor su fachada. En verdad es una librería. Una antigua librería, cansada y surcando el olvido.

– Libros de todo tipo y algunos escritos al mejor precio – lee en el aparador.

Entra. Una campañilla oxidada gime y luego calla.

Luego de algunos minutos, un hombre de avanzada edad acude a su llamado. Lo mira de pies a cabeza, entorna los ojos, mesa su espesa barba, y pregunta: « ¿Qué busca por aquí, señor? ».

– No lo sé, señor, solamente sé que debo estar aquí y ahora.

El viejo tose con nerviosismo fingido. Se excusa por un momento y luego regresa con un oscuro y gastado libro.

– Quizá vino a la esta librería por esto, estimado señor. Hojéelo. Es muy, muy antiguo. Le va a interesar porque se nota que es un hombre culto. ¡Vamos! Se lo vendo por una módica suma.

Recibe el oscuro libro, acaricia su rugosa tapa y repasa sus gastadas páginas. El olor a cuero antiguo lo embriaga.

– Este libro no me interesa. La ética, la filosofía, la moral, los derechos del hombre común, etc. No me interesa en demasía su estudio.

– Su fina estampa me ha jugado una mala pasada, señor. Quizá quiera leer un libro prohibido. Frívolos libros que sólo los caballeros pueden leer, junto a un buen licor y un grato habano.

– Tampoco me interesan. Estoy en este lugar para encontrar lo que mi alma anhela y presiente. Tengo un anhelo inmenso, una honda sed, una opresión en mi alma. Necesito, necesito saber.

– ¡Válgame Dios! Sé lo que necesita. Espere un momento.

Se dirige a un antiguo anaquel, lleno de libros y rollos gastados, que coexisten casi al borde de la asfixia.

Me extiende un libro marrón con letras doradas.

– Lis-boa 18-34 – deletreo con torpeza.

La inquietud me embarga. Leo una y otra vez el título del libro. Algo me es extraño y perturbador.

– ¡Está vacío! Sus páginas están vacías. No hay nada, absolutamente nada escrito.

El anciano tose otra vez, y me mira con fijeza.

– «Lisboa 1834» es el libro que jamás se ha escrito, porque se refiere a lo que jamás ha existido. Este libro se volverá olvido si alguien lo reclama, si alguien se vuelve tinta, frases y palabras. Quizá sea la razón de su visita. Quizá está aquí para evitar que este libro exista.

– No entiendo lo que me relata. Explique bien sus palabras. Me extravía y me inquieta sin remedio.

El anciano arquea la espalda y vuelve a toser.

– ¿Desea o no el libro, señor? Hay muchas personas que lo anhelan con desesperación. Decídase. Es tarde ya. Tengo un hambre voraz y algo de sueño. ¡Vamos! Decídase, señor.

Dejo la vieja librería llevando el libro de tapas oscuras y páginas vacías. Cansado, me siento en un banquillo de la plazuela. Aún permanecen los sujetos que había visto un rato atrás.

Mas algo ha cambiado. Algo se respira en el aire. Alzo mi vista y me fijo en el joven que lee el periódico.

Me levanto del banquillo, y lento voy a su encuentro.

– Me lo puede prestar un momento, por favor.

El joven se extraña, exige algunas monedas y me lo entrega. Reviso cada página y la verdad me embarga.

El periódico señala la fecha del 27 de agosto de 1834, y su lugar de impresión es Lisboa.

– Estoy en Lisboa...Estoy en 1834...

Tiemblo, y el libro cae. Lo recojo rápidamente. ¡Dios mío! Las inscripciones de la tapa han cambiado. Me estremezco y me sorprendo. Las torcidas letras señalan mi nombre sin equivocación. Y las páginas que antes estaban vacías y gastadas, ahora trazan la historia de mi vida sin obviar nada.

En este escrito existe un valor que os llevará a vuestro ayer, aunque no seáis verdaderamente Eternautas. Descifrad esta verdad que se extravía entre párrafos y palabras.

Los de la Segunda Alma, el que no pertenece a la Segunda Alma y las que el Alicanto define, volverán al ayer para trazar su nombre y proyectar lo venidero.

El evento se proyectará luego del día dividido y antes del crepúsculo. ¿Cuál será vuestra Lisboa? Valor que a vosotros definirá, y que aquí algo señalamos.

Los de la Segunda Alma y el que no es de la Segunda Alma transitan entre 1810 y 1910. Las que el Alicanto define transitan entre 1625 y 1745. Los primeros anhelan a los niños que se extraviaron, y las otras recuerdan a los niños que las aguas arrebataron.

Seguid en la senda y surcad Lisboa de 1834.

Sin más deciros, J 25 A.


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