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lunes, 18 de enero de 2016

Penumbra p. VI

Arica – Chile                                                                                                                                                              20/01/14
  
Traza una verdad en la suave tierra. Urde complejos juegos y extensas historias. Es feliz viviendo sin complicaciones.

Mas ya no existe en la memoria de la Tierra. Es sólo un quejido lastimero y una historia mal contada.

– Necesito más detalles sobre la desaparición de su hijo, señor. No omita nada, absolutamente nada. Todo quedará registrado en mi libreta. Prosiga, por favor.

– Ayer lo secuestraron, señor. Sí, ayer me lo arrebataron. Jugaba en el jardín bajo mi atenta mirada. Entré a la casa para responder el teléfono, y al volver mi hijo ya no estaba.

– ¿Notó algo extraño días antes? ¿Desconocidos merodeando por los alrededores? ¿Alguna llamada telefónica inquietante? ¿Correos electrónicos sin remitente conocido? ¿El perro ladraba mucho durante la noche? No sé. ¿Algo?

– Nada, absolutamente nada, señor.

– ¿Y su esposa notó algo extraño?

– Nada. No notó nada extraño. Me lo hubiera dicho. Señor, se lo suplico, encuentre a mi hijo. Estamos desconsolados.

– Haremos todo lo humanamente posible para encontrar a su hijo. El caso está en buenas manos. No se preocupe. Vaya a descansar un rato. Nosotros nos encargaremos de todo.

Toma una croquera y traza, afanado y silencioso, un breve dibujo: madre e hijo, juntos y tomados de la mano, paseando por un melancólico parque.

– Señora, ya hablé con su marido. Insiste que tiene un hijo y que lo secuestraron.

– Doctor, mi marido está equivocado. No podemos tener hijos, y estamos en planes de adopción. Él se imaginó un hijo y un secuestro.

– Lo derivaré a un especialista. No es mi área. Espero que su situación no empeore. Me mantiene al tanto, por favor. Y gracias por su visita.

Toma otro lápiz. Mira por la ventana. Aves trinan y un perrito gris ladra. Sonríe. Imagina a su mascota atacando a todo un ejército de aves invasoras.

El hombre, abatido, silencioso, arruga algunas hojas. Lento respira, hundido en sus pesares.

Jamás tuvo un hijo. Todo se lo inventó: los paseos por el bosque, los juegos al atardecer, las visitas al museo paleontológico, las noches de excursión, el quién dibujaba mejor y mucho más.

Es un hombre estéril. Jamás tendrá hijos. Su legado y apellido morirán sin remedio. Un Sr. Nadie simplemente.

Toma otra hoja. Tensa el lápiz, y traza una y otra vez el nombre de su supuesto hijo: Ismael. Llora sin ataduras. Se extiende en la amargura. Tembloroso, inmerso en la soledad, se explica.

Se levanta y arroja la basura al papelero. Tristeza, hojas y anhelos se olvidan.

Sin lágrimas, sin voz, sin ánimo siquiera, cruza la habitación, y se acuesta en el sofá. Quiere dormir para así olvidar.

El niño hurga el papelero. Busca los dibujos que hizo ayer. Los necesita en demasía. Quiere que su madre los vea. Su madre que ha vuelto de un largo viaje.

Toma algunos. Los estira con infinita paciencia. Mas algo lo estremece sin medida.

– Ismael. ¿Ismael? ¿Quién ha escrito mi nombre en este papel?

Sin más deciros, J 25 A.

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